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Mensaje por Admin el Lun Oct 24, 2016 6:44 pm

Aquí os dejo uno de los numerosos cuentos que tengo escritos. Este es gracioso.              

LAS CUATRO BOTELLAS VACIAS  
- ¡Uf, qué frío hace!
- Y que lo digas, ¡con lo calentita que estaba yo llena de coñac!
- Es que el desalmado de nuestro amo, en lugar de meternos en la panza caliente del contenedor, nos ha dejado aquí fuera tiradas.
- Bueno, qué quieres que te diga, yo casi lo prefiero, así por lo menos estamos vivas. ¿No habéis oído los gemidos y lamentos que lanzan nuestras hermanas al caer ahí dentro?
- Sí, tiene que ser horrible, que te dejen caer, ¡chas!, quedar espachurrada y reventada como la rana aquella de la fábula…
- Oyes, ¿y si en vez de charlar, lamentarnos y pelarnos de frío, diéramos un paseo?
- Buena idea.  Vamos.
Las cuatro botellas se pusieron a caminar por la acera, tanteando el terreno. La de licor estaba gorda y se movía con más dificultad que las otras. Delante iban, por este orden, la de anís, con el cuerpo más rayado y tatuado que una cebra, luego la de coñac, alta, robusta, de corazón ardiente, y en cabeza de la ronda la más pequeña y ligera, la rubia del tercio de cerveza.
Parecía una panda de borrachos en fila india, recién echados, a altas horas de la noche de una sucia taberna; porque, además de ir despacio, dando vueltas y como tanteando el terreno para no caerse mareadas, apestaban las cuatro a alcohol de bodega.
Dos metros más allá del orondo contenedor de los cristales, un perro que andaba de parranda se quedó atónito al ver ante sí semejante espectáculo: lo primero,  abrió sus ojos como dos linternas, luego se le erizaron todos los pelos del lomo, estiró sus patas delanteras, arqueó el cuerpo hacia atrás y empezó a ladrar rompiendo en cien pedazos la calma de la noche.
- ¡Vaya!, éste ya nos ha visto y quiere fastidiarnos el paseo -dijo el botellín deteniéndose-.
- No le hagas caso, rubia. Es un miedica. Lo conozco bien. Ese chucho se pasa las tardes tumbado en la terraza de enfrente, mientras nosotras hacemos la sobremesa -dijo la de coñac.
- Pues a mí me da miedo -susurró jadeante la obesa licor de avellana-.
- Lo mejor será plantarle cara todas juntas, ¿no os parece?
Se juntaron hasta formar todas un frente compacto. Así avanzaron unos pasos, y de pronto, a la una, a las dos y a las tres, soltaron por sus bocas abiertas un poderoso resoplido etílico, que, en llegando a los hocicos del perro, lo hicieron retroceder, darse la vuelta y escapar de miedo.
- Ja, ja, ja. Lo hemos vencido. Ha huido despavorido como una gallina, ja, ja, ja.
- Sí. Somos duras y fuertes. Ya lo decía nuestro amo en sus momentos de euforia, después de tomarse cuatro copas de más: “¡el pueblo, unido, jamás será vencido!”
- ¿Y ahora qué hacemos?, ¿nos volvemos ya?
- ¡Cómo! Nada de volver. Sigamos nuestro paseo por el parque, ahora ya libres de ese imbécil.
- Eso si no vienen otros.
- No seas gafe, gorda.
El Parque del Toronjil, así llamado porque está bordeado de naranjos silvestres, no es muy grande, más o menos como el patio de un colegio, y se extiende a lo largo de una pendiente, cosa natural ya que la ciudad está toda entera como echada sobre la ladera de un monte.
- Ten cuidado, rubia, no corras tanto, que la gorda se está quedando muy rezagada.
- Oye, no me llames gorda, o la liamos, eh, que tú estás tan redonda como yo, cuba de brandi.
- Si lo dices por mis curvas, ¡a mucha honra!, yo soy redonda porque soy muy femenina, aunque tenga esta altura y el corazón tan encendido.
- ¡Chsst, no habléis tan alto! He escuchado un ruido. Algo se mueve en la oscuridad.
-  Mirad, ya lo veo, ¿sabéis qué es? Esa bola con púas de ahí, ¿la veis?, un pobre erizo asustado, que se ha puesto a temblar y se ha enroscado cuando nos ha visto.
- Es que somos el terror de la noche. Las cuatro juntas asustamos hasta a los perros, ja, ja, ja.
- Bueno, eso no es nada, ya sabéis lo que dice el amo, que "perro ladrador, poco mordedor".
- Pues a mí tenía que haber probado a morderme. ¡Menudo chasco! Tenía que correr al dentista a ponerse una dentadura nueva, ¡por mi abuelo, al que llamaban “Aguardiente”!
- Yo no estoy tan segura. Mi cuerpo es frágil y ligero.
- Claro, rubia, porque tú eres jovencita y tierna. Pero que me hinquen los dientes a mí, que tengo un cuerpo de acero… Oye, ¿por qué no vamos a tocarle al erizo las púas?  Sería guay.
- No seas mala, botella de anís, ¿no ves que el pobre está temblando?
- Vamos a jugar por nuestra cuenta, sin meternos con nadie. Yo quiero subirme al tobogán.
- Allá tú, rubia, pero es probable que ésa sea tu última experiencia  y no la cuentes.
- Desgraciadamente no estamos hechas para las alturas. Nosotras a pie plano y despacito.
Siguieron avanzando hasta llegar al pie de un banco. Sobre él, tendido, dormitaba un pobre mendigo. Olisquearon lo que había en su zurrón y salieron corriendo.
- ¡Uf!, ¡cómo apesta nuestro primo!
- ¿A quién te refieres, licor de avellana?
- ¿A quién iba a ser?, a eso que llaman tetrabric de vino,  para entendernos, cartón de tinto.
- De verdad. Tendrían que ponerles un impuesto especial por circular a esos villanos, y no ensañarse tanto el Fisco con nosotras, que adornamos y damos distinción a las mesas.
En esto que dos gatos se cruzaron, persiguiéndose, raudos como centellas, y rozaron a licor de avellana, haciéndole dar con toda su redondez en el suelo. ¡Paf!
- ¡Maldita gata en celo! ¡Ojalá dé a luz seis lagartos sietemesi¬nos!
Entre las otras tres a duras penas la ayudaron a ponerse de pie.
- ¿Te duele algo?
- No. Estoy bien,
Se sacudió la barriga para quitarse el polvo. Repuestas del lance de los gatos, helas otra vez, las cuatro botellas vacías en marcha, de paseo nocturno por el parque.
Ya llevaban un buen trecho andado. De repente pasó junto a ellas un coche con la música a todo volumen y las cuatro se cogieron del brazo y empezaron a saltar y bailar. Duró demasiado poco. Pero ya hacía una hora que habían partido del pie del contenedor y estaban exhaustas. Escucharon el suave murmullo de algo que fluía muy cerca. Se aproximaron más. Era la boca de una manga de riego.
- ¡Qué sed tengo!
- Pues bebe, hija, bebe, hasta llenar tu maltrecha barriga, avellanita, bebe.
Tanta ternura, complacencia y cariño por parte de sus tres compañeras le excitaron aún más las ganas de beber. Se tumbó en el suelo para poder sorber aquel líquido claro. Le dio un poco de asco al principio, un licor tan insípido, pero poco a poco se dejó seducir por su frescura hasta quedar llena, atiborrada de él. Entonces probó a levantarse y no podía. Lo intentó un par de veces más. Sus tres compañeras, vacías, aún podían menos. Al tercer intento, con el impulso, empezó a rodar por la pendiente abajo del parque. Al final se estrelló contra un pretil, haciéndose cuatrocientos pedazos. La botella de coñac, que había salido corriendo tras ella, intentando detener su caída, se embaló, tropezó con un tronco y corrió, desdichada, la misma mala suerte que “Avellanita” : se rompió en cien cristales. Ambas quedaron tendidas, por el suelo del parque, una al pie de unos rosales rojos, encendidos, otra debajo de un sauce llorón. Más que digna mortaja para dos viejas alcohóli¬cas empedernidas.
Las otras dos, la rubia y la de anís, tristes, cabizba¬jas, arrastrando sus culos por la pendiente arriba, sin decir ni media palabra, en otra larga hora volvieron a su sitio, al pie del monstruo verde que engulle las botellas.
Por la mañana, al pasar hacia el trabajo, su antiguo dueño las miró estupefacto: "¡Tío, sí que estaba yo borracho anoche, que creí dejar aquí cuatro botellas y no eran más de dos!".  La rubia y la aguardiente no lo reconocieron: después de una noche tan azarosa, estaban profundamente dormidas.

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